El muro que cayó puede ser de nuevo levantado
Lo que en 1989 parecía el definitivo «adiós» al comunismo, hoy se vislumbra como que apenas fue un «hasta luego»
Por Diana R. García B.
Hace poco más de dos décadas llegó a su fin el Muro de Berlín, símbolo del socialismo del siglo XX, apodado con justa razón «el Muro de la vergüenza», pero que la Alemania Oriental (la comunista) llamaba de forma oficial «Muro de Protección Antifascista» y que se supone buscaba mantener alejados a los que conspiraban «contra la voluntad popular» de constituir un Estado socialista.
Pero la historia en torno al muro da claro testimonio de que el mundo socialista ni era un paraíso ni era querido por el pueblo.
La apertura
Y fue el 9 de noviembre de 1989 cuando el gobierno, cansado ya de las protestas masivas de la población exigiendo el derecho a la libre circulación, y de que se estuvieran escapando miles de alemanes a través de las fronteras de las naciones comunistas vecinas, promulgó un plan que permitía obtener pases para viajar a la Alemania Occidental; pero, en conferencia de prensa televisada en vivo a toda la nación, se anunció ese mismo día que con dicho plan todas las restricciones para desplazarse quedaban retiradas, y al preguntar un periodista que a partir de qué momento entraba en vigor, la respuesta fue: «De inmediato».
Ni qué decir que la multitud corrió en seguida a las puertas que daban a la otra Alemania, y los guardias socialistas fronterizos, sin saber qué hacer frente a los miles de compatriotas que exigían los dejaran pasar al otro lado, a las 23:00 horas abrieron las puertas iniciándose el éxodo, aunque la verdadera avalancha humana que dejaba el territorio comunista ocurrió el viernes 10 de noviembre.
Día feliz
Y los propios berlineses iniciaron la demolición del muro usando los medios a su disposición: martillos, picos, mazos, etc.
Cuando la noticia cruzó las fronteras, el mundo entero fue presa de una alegría eufórica: ¡por fin estaba ocurriendo lo que había parecido inalcanzable: la caída del comunismo mundial! Sin duda fue uno de los días más felices en la historia contemporánea.
Efecto dominó
Pero no se pude olvidar el papel que jugó el beato Juan Pablo II; lo dicen propios y extraños: sin él este acontecimiento nunca se habría dado. Mijaíl Gorbachov, último presidente de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), no tuvo reparos en reconocer públicamente que la intervención del Papa fue decisiva en el derrumbe del comunismo europeo, que, como un «efecto dominó», comenzó con el apoyo del pontífice al sindicato polaco independiente Solidarnosc (Solidaridad), fundado en 1980, que de manera totalmente pacífica luchaba por sacudirse el yugo comunista.
A decir del electricista Lech Walesa, líder católico de Solidarnosc, en realidad todo comenzó antes, cuando el 2 de junio de 1979, en su primera visita como Papa a Polonia, el beato pronunció una homilía que a la vez fue una oración a Cristo, diciendo: «Yo, Juan Pablo II, Papa, grito desde lo más profundo de este milenio, grito en la Vigilia de Pentecostés: ‘¡Descienda tu Espíritu! ¡Descienda tu Espíritu y renueve la faz de la tierra! ¡De esta tierra!'». Dice Walesa: «A partir de ese día fuimos testimonio y protagonistas juntos de la fuerza inquebrantable de la fe; ... un pueblo entero comenzó a rezar y esperar»; y añade: «Sin el Papa Wojtyla no habría habido la experiencia de Solidarnosc».
El marxismo no hizo la reforma social
En cuanto a la opinión del Papa Wojtyla, en esta caída estrepitosa del marxismo práctico él veía claramente «el dedo de Dios», y así se lo dijo a los ex soviéticos cuando los visitó en 1993.
Pero el Señor sabe valerse de las obras humanas para intervenir; en el caso del comunismo, permitió que sus propios defectos fueran la causa de su caída. Por eso, como explica el beato Wojtyla a través del libro-entrevista Cruzando el umbral de la esperanza,, «el comunismo como sistema, en cierto sentido, se ha caído solo. Se ha caído como consecuencia de sus propios errores y abusos... No ha llevado a cabo una verdadera reforma social... Se ha caído solo, por su propia debilidad interna».
No estaba muerto
Durante algunos años, la desaparición del «muro de hierro» y el ingreso a la democracia de los países de Europa que antes no la tenían, hizo a la humanidad sentirse ya a salvo del lastre del marxismo. Pero los últimos años han demostrado que este monstruo no estaba realmente muerto, sólo gravemente herido, y que hoy, en franca convalecencia, en cualquier momento puede atacar de nuevo.
Marxismo y cristianismo siguen siendo incompatibles
Por Javier Úbeda Ibáñez
Como es sabido, los juicios de la Iglesia pueden operar en un triple plano: a) dogmático: proclamación de una verdad o condenación de una doctrina, b) moral: afirmación de que una realidad, en unas circunstancias determinadas, está o no en consecuencia con el mensaje evangélico, y c) disciplinar: articulación práctica del juicio moral, con su posible sanción canónica.
Ante el marxismo, la Iglesia ha hecho un juicio dogmático y una condenación moral que lleva consigo una sanción canónica: la excomunión ipso facto (Decreto del Santo Oficio, 1 de julio de 1949). Este triple juicio sigue hoy plenamente vigente.
Históricamente, desde que por vez primera es mencionado el comunismo por el Magisterio pontificio, con Pío IX, hasta nuestros días, ha sido siempre condenado por la Iglesia. No sólo por su ateísmo, sino por su negación de los derechos naturales de la persona humana y por su carácter destructor de la convivencia social (Pío IX, encíclica Qui pluribus y encíclica Quanta cura). La Iglesia no deja de insistir en que «en semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida» (Pío XI, encíclica Divini Redemptoris).
Marxismo y cristianismo siguen siendo incompatibles, en la doctrina y en la práctica; nadie puede ser a la vez cristiano y marxista. Y, en conciencia, un cristiano no puede profesar, defender, ni siquiera colaborar a la difusión de las doctrinas marxistas, ni en sus afirmaciones teóricas, ni en sus aplicaciones prácticas, científicas, culturales o políticas. En caso contrario -como sanción disciplinaria- incurre ipso facto en la excomunión de los apóstatas.
No ha cambiado, pues, el juicio de la Iglesia sobre el marxismo y el comunismo. Cosa, por lo demás, lógica, si se tiene en cuenta que tampoco ha habido cambio sustancial alguno en el marxismo.
Fuente: Centro Tomás Moro
Los errores del marxismo
Un mapa en constante cambio
Cuando la Iglesia condena el marxismo no es porque «odie» a los comunistas sino porque ha recibido de Dios el poder y la obligación de indicarle al ser humano cuál es el camino que conduce a la Vida Eterna y cuáles son los que pueden arrastrar a la condenación eterna (al Infierno, pues).
PROFETISMO SIN DIOS
Hay que recordar que el ateísmo es una de las bases del pensamiento marxista. Por eso ya decía en 1985 el cardenal Rat-zinger (hoy Benedicto XVI) en el libro-entrevista Informe sobre la fe:
«Creo que el marxismo, en su filosofía y en sus intenciones morales, es una tentación más profunda que otros ateísmos prácticos, intelectualmente superficiales. La ideología marxista aprovecha elementos de la tradición judeocristiana, aunque transformada en un profetismo sin Dios; instrumentaliza para fines políticos las energías religiosas del hombre, encaminándolas a una esperanza meramente terrena, que es el reverso de la tensión cristiana hacia la vida eterna».
INTENTOS FALLIDOS POR «CRISTIANIZARLO»
Es absolutamente legítimo desear un mundo donde reine la justicia, por eso la Iglesia insta a todos a comprometerse cristianamente en la lucha por la libertad y la dignidad humana, con especial énfasis en la causa de los pobres, los oprimidos y los perseguidos. Y algunos creyeron que esto era posible con una especie de cristianización del marxismo, con lo que nació la teología de la liberación, que busca una relectura del Evangelio en clave socialista.
Pero así los errores de fondo no desaparecen: mientras que para la Iglesia, en toda su doctrina apostólica y bimilenaria, la que busca el cristiano es principalmente la liberación de la esclavitud del pecado, para esta teología la liberación debe ser sobre todo de alcance terrenal, en el campo político y las estructuras sociales. El Nuevo Testamento enseña que no valen las distinciones entre clases: esclavos y libres, pobres y ricos, etc. (cfr. Gal 3, 28), porque Dios no hace acepción de personas (cfr. Hch 10, 34), y si el hombre pretende hacerlo incurre en pecado (cfr. Stgo 2, 9); pero en este moderno esquema teológico se anuncia una iglesia de los pobres hecha por los pobres y para los pobres, haciendo a un lado a la Iglesia universal. La Iglesia fundada de Cristo es claramente jerárquica, pero aquí se inclina por su democratización.
Después de la Segunda Guerra Mundial (1945) y hasta a finales de los años 80, el panorama mundial fue bastante estable en cuanto a países controlados por gobiernos socialistas radicales (marcados en color oscuro en el mapa superior).
A partir de los años 90 ha habido muchos y constantes cambios; tanto que, de un año a otro, el mapa del mundo suele modificarse pues, con frecuencia, de un período presidencial al siguiente, algunas naciones alternan entre gobiernos de izquierda y gobiernos de derecha; pero hay otras que todavía siguen padeciendo las terribles dictaduras socialistas absolutas, sin oportunidad de que sus ciudadanos sean quienes decidan el destino de su patria.
Los ricos eran malos; pero hoy los grandes líderes socialistas son millonarios
De acuerdo con Marx, los ricos (la burguesía, los capitalistas, los patrones) y los pobres (el proletariado, los asalariados, la fuerza laboral) pertenecen a campos enemigos irreconciliables; y este antagonismo no puede acabar sino hasta que la lucha de clases logre una sociedad igualitaria.
¿Puede entonces un socialista ser rico? Cualquier marxista coherente respondería que no. Y si un «malo», es decir, un rico, decidiera abrazar la causa socialista, obviamente se esperaría que entregara de inmediato sus riquezas personales (el capital, los bienes de producción) a la causa de los «buenos», es decir, los pobres.
Pero la realidad histórica resultó distinta: incluso tras «la cortina de hierro» no existía la pretendida igualdad sino que siempre hubo un grupo de privilegiados.
Aunque ser rico y socialista sea una contradicción, el mundo está lleno de casos así; por eso decía Lech Walesa que los marxistas «son como rábanos, rojos por fuera y blancos por dentro»; si poseen dinero y propiedades no renuncian a ellos.
Qué fácil es decir «soy socialista» cuando se sigue viviendo a todo lujo, como es el caso de Sting, el cantante inglés de rock; el de Antonio Banderas, actor español radicado en Estados Unidos, o el de Elle Macpherson, la supermodelo y actriz australiana, todos ellos forradísimos de dinero y nada dispuestos a dejar de estarlo. Pero el caso más triste es el de los líderes políticos marxistas que, por un lado, incitan a la población humilde y clasemediera hacia la lucha de clases, inculcándole aversión hacia los «riquillos» -ahí está el caso del mexicano López Obrador- , pero que, al mismo tiempo, ellos y sus familiares visten costosa ropa «de diseñador», portan relojes de oro, acostumbran irse de compras a territorio enemigo (Estados Unidos) y reciben sueldos jugosos que ningún proletario podrá jamás percibir ni aunque se instaure la «sociedad igualitaria». Aquí hay más ejemplos:
El dictador cubano Fidel Castro, según los cálculos de Forbes, en 2006 ya tenía un patrimonio individual de más 900 millones de dólares, y actualmente se estima en mil 400 millones, mientras que la riqueza personal de su hermano Raúl Castro es de unos 400 millones. Fidel es dueño de una flotilla de autos Mercedes Benz y de dos aviones privados (uno es un Iliuchin de más de cien millones de dólares); Raúl es dueño de más de 2800 hectáreas ganaderas en el valle de «la Picadura», que Fidel expropió en 1965 a estadounidenses, y vive en una residencia rodeada de un lago artificial. Todo esto ocurre mientras el pueblo cubano sobrevive con un salario promedio mensual de apenas unos 19 dólares.
En Argentina los esposos Kirchen aumentaron mágicamente su patrimonio personal de dos millones de dólares en el año 2005 a 16 millones en el 2009.
En cuanto al venezolano Hugo Chávez, los analistas calculan que, desde que inició como presidente en 1999, ha amasado una fortuna similar a la de los hermanos Castro en Cuba.
En octubre de 2012 China se escandalizó cuando se enteró de que su líder comunista, el primer ministro Wen Jiabao, era dueño de dos mil setecientos millones de dólares.
Todos estos socialistas acrecientan sus monederos al más puro estilo burgués: inversiones en la bolsa, diversificación de sus empresas, usura, etc.
D. R. G. B.
La figura de Cristo es manipulada
Una de las máximas del pensamiento marxista es: «la religión es el opio de los pueblos»; pero sus adeptos no tienen reparos en manipular los valores religiosos a fin de atrapar adeptos.
Al parecer, la primera vez que a un socialista se le ocurrió pronunciar la mentira de que «Jesucristo fue el primer revolucionario» fue en el siglo XIX, en una conversación con Donoso Cortés, a lo que este filósofo español respondió desarmando a su interlocutor: «Pero Jesucristo no derramó más sangre que la suya».
El caso es que, desde entonces, a todos los amantes del pensamiento de izquierda, por mucho que odien a Cristo y a su Iglesia, les encanta presentarlo como un modelo válido para sus intereses políticos. Así, por ejemplo, escribe el dictador cubano Fidel Castro: «A lo largo de mi vida revolucionaria... no llegué a adquirir una fe religiosa, más bien todo mi esfuerzo, mi atención, mi vida se consagró al desarrollo de una fe política...; proyecté mi atención hacia los aspectos revolucionarios de la doctrina cristiana y del pensamiento de Cristo; más de una vez, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de expresar la coherencia que existe entre el pensamiento cristiano y el pensamiento revolucionario».
En 2006, poco después de ser reelegido para su tercer período presidencial, el venezolano Hugo Chávez afirmó en su discurso: «El Reino de Cristo es el reino del amor, de paz, el reino de la justicia, de solidaridad, de hermandad, el reino del socialismo».
Otra marxista, Cristina Fernández, presidenta de Argentina, fue a Cuba a visitar al muy gravemente enfermo Hugo Chávez, y le dijo a la prensa que le llevó de regalo una Biblia protestante.
Un Jesús reducido
Sin embargo, los actos socialistas en los que inmiscuyen a Jesucristo no lo exaltan verdaderamente sino que lo reducen. Así, volviendo con Chávez, en agosto de 2011, cuando se creía ya curado de su cáncer, agradeció por televisión a aquéllos a los que consideraba sus sanadores: «El primer doctor se llama Jesús de Nazaret, el más alto de los curanderos; el segundo es Fidel, y el tercero es el equipo médico»; o sea que para él no parece haber demasiada diferencia entre Cristo y Fidel Castro. Y de hecho no es de extrañar, pues es muy común que los socialistas equiparen al Señor con «otros grandes revolucionarios», verdaderos apóstoles de la violencia, como el Che Guevara, aun cuando éste reconoció: «No soy Cristo ni un filántropo, soy todo lo contrario de un Cristo. Lucho por las cosas en las que creo con todas las armas de que dispongo y trato de dejar muerto al otro».
Táctica exitosa
Lo cierto es que la manipulación que hace el marxismo de la figura de Jesús ha llegado a hacer pensar erróneamente a muchas personas que el cristianismo y el marxismo son compatibles y hasta prácticamente sinónimos; ahí está el caso, por ejemplo, del ciudadano venezolano José Gregorio Luque, que en septiembre pasado saltó a la fama en todos los medios de comunicación de su país al emprender una peregrinación de 500 kilómetros cargando una gran cruz para pedir que Hugo Chávez fuera sanado por Dios, pues, según dijo literalmente este peregrino, «está gobernando Jesucristo a través de Hugo Chávez».
D. R. G. B.
¿Ondeará sobre el Vaticano la bandera del Kremlin?
Las profecías de Fátima y san Maximiliano María Kolbe
El sacerdote franciscano y mártir en los campos de concentración nazis, san Maximiliano María Kolbe (1894 - 1941), tras recibir un día un revelación de lo Alto, pronunció esta profecía: «Un día la bandera de la Inmaculada Virgen María ondeará sobre el Kremlin, pero antes, la bandera roja flotará sobre el Vaticano».
Ya se sabe que el Kremlin es el símbolo del poder comunista, ya que este sitio equivalía para los soviéticos al Pentágono de los estadounidenses.
La profecía del padre Kolbe es jubilosa: realmente ocurrirá la conversión de Rusia y el triunfo de Dios a través de María; pero encierra una advertencia dolorosa: no ocurrirá sin que antes parezca que es el comunismo el que ha derrotado a Dios y a su Iglesia.
Esto es estrechamente coincidente con lo que anunció la Virgen María en Fátima, en 1917, año de la revolución comunista en Rusia: «Yo vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión de reparación de los Primeros Sábados. Si mi petición es acatada, Rusia se convertirá, y habrá paz. Si no, Rusia transmitirá sus errores a través del mundo, promoviendo guerras y la persecución de la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas; pero al final mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, la cual se convertirá, y algún tiempo de paz se le dará al mundo».
Las cosas siguieron su marcha y Rusia esparció sus errores, devoró naciones enteras y realizó tal persecución que fueron muchos más los cristianos asesinados por el comunismo que los judíos por el nazismo.
Luego vino la caída gradual del comunismo europeo hasta que, finalmente, el 25 de diciembre de 1991, se arrió la bandera roja del Kremlin.
La conclusión de muchos es que el capítulo de Rusia y las profecías ha quedado, pues, absolutamente concluido: que dicho país ya fue consagrado a la Virgen en 1984, y que si bien no se puede hablar de que la nación haya vivido una conversión plena hacia Dios, está en el camino hacia ello. Así, el comunismo ha muerto.
Pero hay quienes no concuerdan con esto. Para empezar, aunque se creería que los ciudadanos que padecieron el comunismo serían los primeros en negarse a retornar a él, resulta que las crisis recurrentes del capitalismo -sobre todo la que hoy tiene a los europeos de cabeza- ha hecho reaparecer los anhelos marxistas en muchos de ellos. De hecho, en la ex-Unión Soviética el fantasma del comunismo apareció muy pronto, en plena transición hacia el capitalismo, cuando se advirtió que ésta no era ni podría ser plácida, y que los que habían ostentado el poder socialista -y no el pueblo- eran ahora los que se estaban enriqueciendo con el nuevo sistema político. Y hoy, denuncian los periodistas rusos, con Putin no hay democracia sino que impera una dictadura neo-stalinista.
Por eso advierte el filósofo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov que el comunismo no ha perdido su poder de seducción porque sigue atreviéndose a prometer «un destino mejor en la Tierra, el final del sufrimiento; y aunque sepamos que esa promesa no se va a materializar, tiene algo de seductor, sobre todo para la gente que vive en la miseria, con lo cual esa forma de mesianismo también podría conocer nuevas formas de desarrollo en el siglo XXI».
Por otra parte, no todos están seguros de que la petición de la Virgen de consagrar Rusia se haya cumplido como debía. En junio de 1929 se apareció a sor Lucía de Fátima y le dijo: «Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que, en unión con todos los obispos del mundo, haga la consagración de Rusia a mi Corazón, prometiendo salvarla por este medio». Varios Papas hicieron consagraciones, aunque no exactamente como se pedía; por ejemplo, Juan Pablo II consagró no a Rusia en particular sino al mundo entero al Corazón Inmaculado de María, y en 1984 repitió la consagración pero ya con los obispos, lo cual se repitió en el año 2000.
Al parecer la Virgen habría hecho saber a sor Lucía que la de 1984 ya era una consagración conforme a lo pedido y, por tanto, el comunismo está frenado; aunque, tras la muerte de Lucía, se han publicado cosas que no parecen coincidir; por ejemplo, una entrevista que le hizo el profesor William Thomas Walsh el 15 de julio de 1946, donde ella reveló que un día el comunismo se va a apoderar de todo el mundo, incluyendo los Estados Unidos de América.