martes, 25 de febrero de 2014

saludos

Gabriel Millán Arellano
Para Yo
Hoy a las 12:29 P.M.

Las dos vidas del asesino de Trotsky

Enigma obsesivo de la literatura y el cine, la figura del español Ramón Mercader, espía y brazo ejecutor de Stalin, es revisitada por la escritora Nuria Amat, emparentada con él y autora de la novela “Amor y guerra”.

POR NURIA AMAT

Crónica roja. La policía mexicana exhibe el piolet con el que Mercader mató a León Trotsky.
Mercader, el espía menos pensado
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Crónica roja. La policía mexicana exhibe el piolet con el que Mercader mató a León Trotsky.
Siempre supe que Ramón Mercader, responsable de haber dado muerte al recordado dirigente de la Revolución Rusa, León Trotsky, era para mí un asesino muy especial. En primer lugar, mi padre estaba emparentado con María Mercader, la esposa de Vittorio de Sica, y en lo que respecta a la familia, Ramón era poco menos que un demonio. Silencio sepulcral al respecto. Y, para añadir más misterio al enigma, la vida de Mercader ha sido uno de los más grandes secretos de la historia del comunismo soviético.

Elementos todos que, sumados, se convirtieron un buen día en tentación fulminante para una novelista entregada a descubrir intimidades, desvelar confidencias, atar cabos sueltos a personajes incómodos y poner sobre el tapete la luz reveladora de tanto misterio y manipulación política.

¿Cómo un joven catalán de veintisiete años, hijo de la burguesía barcelonesa, consiguió ser uno de los asesinos más conocidos y repulsados de la historia y con ello cambiar el curso de la misma? Para responder a fondo escribí una novela (Amor y guerra) y, posteriormente a su publicación, dediqué tres años más a una investigación sobre la verdadera personalidad del asesino, los motivos del crimen (ordenado, como es sabido, por Stalin) y el entramado de la importantísima red de espionaje soviético en la que Mercader llegó a ser considerado el agente más valorado.

Ramón Mercader ha pasado a convertirse en mi fantasma particular. Especialmente cuando el único nieto de Caridad Mercader consiguió comunicarse conmigo pidiéndome que en lo posible siguiera indagando y estableciendo claridad histórica sobre su tío y abuela. No he podido evitar desde entonces buscar la mejor respuesta a los datos ocultos ¿Fue Ramón Mercader el único ejecutor del crimen? ¿En qué consistió la sucesión de órdenes para que fuese un catalán el responsable del asesinato? ¿Por qué con la ayuda de un piolet, objeto primitivo, pudo perpetuar el crimen? ¿Llevaba otras armas mortíferas? ¿Cómo estos elementos, digamos surrealistas y sórdidos consiguen superar las estrategias criminales soviéticas más profesionales? ¿Cómo era Ramón? ¿Qué le indujo a hacer lo qué hizo? ¿Caridad Mercader del Río, madre del protagonista, estuvo realmente loca? ¿Amó a Stalin más que a sí misma? ¿Qué motivos hubo para que no fuera purgada y encarcelada por Stalin como todos los agentes soviéticos participantes del crimen? ¿Cuál era la relación entre madre e hijo antes del asesinato? ¿Por qué se negó Ramón a escapar a Moscú cuando su madre había articulado la estrategia para sacarlo de la prisión de Lecumberri? ¿Por qué concedieron a Mercader el Premio Lenin de la Paz? ¿Por qué “huyó” a Cuba? ¿El asesinato de Trotsky cambió, como dicen, la historia del siglo XX? ¿Fue Mercader asesor de Fidel Castro durante su exilio cubano? ¿Cuáles fueron los motivos de su muerte?

Y sobre todo: ¿por qué un silencio tan largo y espeso? Un riguroso silencio de sus protagonistas y de los testigos del hecho que persiste todavía pese a los cambios extraordinarios ocurridos en la antigua Unión Soviética y el mundo.
Mercader no es cualquier peón elegido al azar tal y como han querido presentarlo.

El origen de la leyenda

En un mes de febrero gélido de 1913, año en que Stalin se verá por primera vez con Trotsky en Viena, nace en Barcelona Ramón Mercader del Río, el agente especialísimo que asesinará al Jefe de la Revolución Roja, obedeciendo el catalán la orden del tirano soviético. Mercader: el hombre más secreto de la historia reciente, leyenda mundial en hervidero sobre la que especularán voces célebres del arte y de la cultura (Losey y Semprún, entre ellos) pero sin conseguir demostrar la verdad de su vida. Se trata, sin duda, de un asesino muy particular. ¿Sicario? Por supuesto, no. Estalinista hasta los huesos, sí. Producto de un tiempo en el que el oficio de matar era práctica corriente de héroes, idealistas y belicosos. Espía modélico conforme al canon de agentes secretos de la época. Republicano, inteligente, cultivado, marxista, burgués, bien educado, intrépido que, a diferencia de otro agente famoso (alias 007) creado por Ian Fleming, con quien el catalán guarda más de un parecido, trabajará a las órdenes del servicio secreto de Moscú siendo el mismo el agente más valorado de la Unión Soviética.

Finales de los años treinta de un siglo que Kafka llamó “la época más nerviosa de la historia”. Una gran crisis económica ha afectado al mundo capitalista y se desatan guerras en diferentes países. Millones de muertos. Poblaciones destruidas. Hitler, Stalin, Mussolini y Franco establecen dictaduras absolutas y mortíferas, hasta terminar en una guerra fría entre dos bloques. El occidental capitalista, liderado por Estados Unidos, y el oriental comunista, liderado por la Unión Soviética.

¿Qué papel representa Mercader, hijo de un fabricante textil de Barcelona, en este escenario sombrío? Nadie sabe ni quiere saber. Su vida, su forma de actuar, su formación, la red de espionaje de la que depende su silencio y su gran personalidad (siempre bajo la bota del gran verdugo Stalin) contribuyen a que la fábula en torno al asesino de un solo hombre prevalezca sobre su historia real, sorprenda incluso a la maquinaria espía soviética y pase a transformarse finalmente en mito. Es decir: en una fatal quimera.
Los dioses de la guerra tienen su parte de responsabilidad en tamaña vida novelesca. Nacido Ramón para ser industrial, abogado, deportista, historiador, periodista, diplomático, militar o profesor (todo eso llegó a ser entre una cosa y otra) se convierte, como bien contó Javier Rioyo en su película (Asaltar los cielos), en el único asesino español de las enciclopedias universales sobre criminales gloriosos. Solo que en este caso su historia no es como han querido inventarla. Sino increíblemente mejor.

Héroe para unos, asesino para otros, el agente secreto Mercader, alias un sinfín de identidades, es conocido en el mundo por ser autor de su obra más significativa. Un 20 de agosto del que ahora se cumplen setenta y tres años, consigue matar al líder de la Revolución rusa con la ayuda de un piolet de niño que clava en la cabeza de su víctima sentada a la mesa de su despacho de la casa en el barrio de Coyoacán (México, D.F.) donde Trotsky vivía fortificado temiendo que su obsesionado enemigo consiguiera liquidarlo.

La mano que mueve la cuna
En el barrio de Sarriá, lugar encantador donde los haya, donde posteriormente se instalarán a vivir los mejores escritores del boom latinoamericano, en la calle de Sant Gervasi de Cassoles, numero 24, en este edificio de pisos distinguidos nace Ramón, hijo de Pau Mercader y Caridad del Río. El padre fabricante catalán. La madre, de momento: sus labores. Por poco tiempo. Aburrida de parir cinco hijos y soportar un marido que le disgusta (para excitarla sexualmente la lleva a espiar por el ojo de la cerradura escenas vivas de burdeles) se vuelve anarquista y cabecilla de la célula terrorista que hará explotar una bomba en la fábrica de su todavía esposo. El bueno de Pau consigue internarla en el psiquiátrico de Sant Boi. Y no por guerrillera sino por neurasténica, término con el que cierta sociedad distinguía a “excéntricas o desviadas” de la época. Cualidades ambas se dan por igual en el temperamento de la madre del futuro asesino. La morfina campa por las venas de Caridad mezclada a su joven fervor revolucionario. Naturalmente, sus compinches logran sacarla del manicomio y le ayudarán también a cruzar la frontera junto a sus cinco hijos pequeños e instalarse a vivir en el sur de Francia.

Caridad Mercader, la mano que mueve la cuna del crimen de su hijo, con una biografía merecedora a su vez de ser contada, descubrirá en Toulouse, Aix y Burdeos las mieles del sexo, la revolución marxista y los tan temidos y admirados agentes secretos de Stalin. Nada menos que a Alexander Orlov, Ernö Gero y Leonid Eitingon, los tres agentes más importantes de la NKVD tristemente conocidos en España, entre otras cosas, por su papel protagonista en el oro de Moscú, la matanza de los republicanos del POUM y la CNT y la desgraciada instalación de las chekas comunistas. Los dos últimos, sin moverse de la bella Languedoc francesa, mantienen amoríos con Caridad mientras, dedican el tiempo a matar rusos blancos huidos de la URSS y a preparar su entrada feliz en la que será la desestabilización final de una España agónica. Nahum Eitingon, también llamado Leonid, será su preferido. La madre de Ramón se enamorará del más atractivo, íntegro y disciplinado de los tres y junto a él ingresará de lleno a comulgar en al altar del dios Stalin donde permanecerá fiel y devota hasta el día de su muerte, en París (1975), con la foto del tirano durmiendo bajo el colchón de su cama, según me ha contado su único nieto. No será extraño entonces que al entierro de Caridad, aparte de escasos familiares, asistiera una delegación soviética que se hizo cargo de las exequias.
Ramón, en Francia, va creciendo en sabiduría y gracia del marxismo. Adora a su madre (tiempo tendrá después para odiarla un rato) y se ocupa de salvarla de varios intentos de suicidio clamorosos. ¿Razones? Droga y depresión, tal vez. Sumado a su amor por el mujeriego Eitingon. Amante difícil de soportar para una mujer romántica y apasionada como ella. Ramón, sin embargo, quiere y admira a su padrastro del que aprende tácticas de guerrilla, disciplina comunista y a desenvolverse como futuro agente especialísimo del Kremlim.

En fecha indeterminada de 1931, tras la proclamación de la Segunda República española, la familia Mercader del Río regresa a Barcelona. Ramón, instruido para atender y servir mesas en el restaurante francés de Caridad, encuentra trabajo de maitre en el Hotel Ritz. Es un comunista convencido al igual que su madre y hermanos. Forma parte de una peña clandestina que, bajo el nombre afortunado de Miguel de Cervantes, se reúne periódicamente en el barrio del Raval hasta que la noche del 12 de junio de 1935 será detenido, junto a otros participantes, y encarcelado en la prisión Modelo de Valencia. Esta vez, por poco tiempo. El 16 de febrero del siguiente año, el llamado Frente Popular Español (agrupación de los principales partidos de izquierda) consigue ganar las elecciones previas al golpe de estado que ocasionará la Guerra Civil.

Época fatídica de la historia, que diría nuevamente Kafka. Amnistía inmediata de los presos, buenos y malos, sin distinción. Mercader, deducimos, pertenece al primer grupo. Ya se habla de él como de un actor americano dado que su valentía no le impide vestir con elegancia y cuidar su aspecto. Se ha educado en Francia. Detalle que no está de más. Enamora a todas las mujeres. Habla varios idiomas a la perfección. Es inteligente y de fuerte temperamento, aunque más controlado que el de su madre. Quiere ser militar pero se le deniega por comunista. Por esas fechas, recuperada la libertad y todavía no iniciada la sublevación de los militares en España, Ramón colabora con su madre en la fundación del Partit Socialista Unificat de Catalunya. Quiere regresar a su trabajo en el Ritz pero no lo admiten por su pedigrí político. Decide, entonces, ganarse la vida como profesor de catalán y dedica su tiempo libre a ser deportista de élite en calidad de capitán del equipo de equitación (reliquias de su educación en el Real Club de Polo). Forma parte, además, del Comité Organizador de las Olimpiadas Populares de Barcelona, creada como protesta a los Juegos Olímpicos de Berlín (ambas en 1936) en las que Hitler quería demostrar la supremacía de la raza aria.

“El espíritu olímpico no estará en Berlín, sino en Barcelona”, afirmaba la prensa de izquierdas de la época. El día antes de la inauguración, un 19 de julio de 1936 de todos conocido, los militares sublevados toman las calles y frustran la celebración de esta Olimpiada Popular justo unas horas antes de realizarse. Ramón salta del Estadio Olímpico, donde se celebra el ensayo general, a liderar las calles y se suma de inmediato al movimiento popular que en veinticuatro horas vence la revuelta. En plena plaza de Cataluña consigue robar un cañón a los rebeldes y es aplaudido por su hazaña. Su carrera combatiente sube como la espuma. Se coloca en primera línea de batalla. Pasa de ser capitán de mando, con proezas notables en Cataluña, Aragón y Guadalajara, a ser nombrado Comandante del V Regimiento. La madre y el hijo están luchando en el frente de Tardienta donde, heridos por metralla enemiga, serán trasladados a Lérida por breve tiempo.

En fecha aproximada en la que Ramón Mercader es ascendido a comandante, muy lejos de España, en la ciudad de Moscú, el duro Stalin, a quien los íntimos llaman “cariñosamente” Soso, reúne en su despacho a su mano derecha, el verdugo Laurenti Paulovich Beria y al Jefe de Operaciones Especiales de la NKVD, Pavel Sudoplatov. Sin más preámbulos, les da la orden terminante, a vida o muerte, de liquidar a su enemigo del alma León Trotsky. Para tal encargo, que obsesiona al dictador desde hace años, los compromisarios utilizarán a los policías secretos en activo de la guerra española: Erno Gero, Leonid Eitingon y Alexander Orlov responsables directos de asesinatos a mansalva de trotskistas y poumistas. Finalmente, sólo contará con dos de ellos pues Orlov se ha despedido a la francesa de Stalin para fugarse sine die a Estados Unidos. Consigue así salvar su vida chantajeando al Gran Jefe. Una proeza gigante dadas las proclividades diabólicas del amo.

A matar o morir
Se planifican tres estrategias de atentado sirviéndose para todas ellas de agentes rusos en la sombra, además de una selección de los mejores combatientes de la guerra civil a los que han enviado a la URSS a fin de adiestrarlos con rigor soviético. Ramón Mercader será el último. O el primero de la lista, según se mire. El As de la jugada. El único que, por cierto, no visitará el país de Stalin hasta después de haber cometido el asesinato.

La protagonista espía de la primera misión, frustrada desde su inicio debido a la traición de Orlov, es una hermosa patrullera española llamada África de las Heras que ha sido infiltrada como secretaria de Trotsky. Los literatos se alegrarán de saber que con identidad camuflada, la agente África llegará a ser la esposa del escritor uruguayo Felisberto Hernández. Una segunda misión tiene como cabeza visible, aunque no real, al pintor mexicano y ex brigadista David Alfaro Siqueiros. El 24 de mayo de 1940, Siqueiros, junto a veinte combatientes más, irrumpirán, todos borrachos, en la fortaleza de Trotsky de Coyoacán, número 45 de la calle de Viena; la casa prestada por Frida Kalo y Diego Rivera a El Viejo, como la pintora mexicana gusta de llamar cariñosamente a su amante-amigo. Es de noche, van armados hasta las cejas, disparan balas con ametralladora incluida pero sin dar en el blanco y ni siquiera rozar el cuerpo de la víctima acurrucada en el suelo de su dormitorio junto a su esposa Natalia Sedova. El dirigente de esta misión es Iosif Grigulievich, otro agente ruso.

Queda solo una última oportunidad: la operación activa del llamado por la red de espionaje secreto: Grupo Madre. El nombre resulta de lo más apropiado al trío familiar que conforma la tercera misión de riesgo: Caridad (madre), Eitingon (padrastro) y Mercader (hijo). Sudoplatov, Jefe de la GPU, ha dejado claro a sus acólitos que Eitingon perderá la vida de no lograr, esta vez, el objetivo. Por supuesto, no se trata de un encargo de última hora. El mismo ex jefe de la KGB, en un último lavado de imagen publicará lo siguiente: “Mi misión consistía en movilizar todos los recursos de la NKVD para eliminar a Trotsky, el peor enemigo del pueblo”. De ahí el importante operativo secreto “Madre” en el que Ramón Mercader será la estrella del trabajo.

Jaques Mornard, el James Bond de Stalin
Otro día cualquiera de 1938, cuando los comunistas saben que la Guerra Civil está perdida, Ramón, que se encuentra luchando en Guadalajara, en primera línea de batalla, desaparece de España. Caridad, la madre, ha ido en persona a transmitirle el encargo. Pero, ahora, el hijo no viajará a Moscú como algunos creen. Su destino está en París. Llega a la ciudad resucitado de periodista belga, hijo de diplomático, nacido en Teherán, educado en La Sorbonne y llamado Jacques Mornard. Fachada de joven frívolo, galán discreto, relativamente culto, y millonario. Lo diré en palabras de la escritora Teresa Pàmies, que lo conoció bien: “Las chicas se lo rifaban, y le conocí tantas novias que no podría nombrarlas a todas”.

¿Qué se espera del tal Mornard? Un equivalente al James Bond de Stalin. Idéntico cometido que el de un agente supremo de película. Enamorar locamente a una mujer que lo conducirá por ello al escenario del crimen. Sólo que la elegida no es ni de lejos la más guapa. Se llama Silvia Ageloff, esamericana, trotskista y hermana de Rita, la secretaria del “enemigo” de Stalin. Otra mujer espía, la periodista americana Ruby Weil, mientras se hace pasar por trotskista cuando, en realidad, trabaja para un funcionario del Komintern, se convierte en amiga de Silvia y hará de celestina intermediaria.

(Tómese nota de la fe puesta en Stalin para que sus agentes supremos sean de origen judío, tal vez como él mismo, lo que tampoco privó al antisemita de asesinarlos según su conveniencia)

El flechazo de Silvia por el falso Jacques Mornard es inmediato. La historia del encuentro, noviazgo y propuesta de matrimonio, con cartas de amor incluidas, es apasionante y digna de ser visitada con sosiego. En esta película de espías se mueven entre París, México, Nueva York con escenas de crimen al uso, prisión, psicoanálisis, juicio, tretas e intento de suicidio de la enamorada al saberse traicionada e imputada en el asesinato. ¿O atentado? El matiz importa. Durante el noviazgo de Mornard con la engañada Silvia llega incluso a confesarle su necesidad de cambiar de identidad. Puesto que la pareja debe viajar a México, meta de la misión secreta del espía, le pone como excusa que como belga puede ser llamado a filas (estamos ya en 1940, inicio de la Segunda Guerra Mundial) y el triple agente pasa a llamarse ahora Frank Jackson, ingeniero de minas y con pasaporte canadiense.

Ni por un momento cabe creer que el agente trabaja en solitario. Una secuencia muy interesante del hombre que supo vivir callado lo impide: se trata de la red de espionaje que lo sostiene y se encarga de todo el operativo soviético en las Américas. Es de una perfección inusitada para los medios primitivos de la época, aunque CIA, la Agencia de Inteligencia Americana, insuperable al parecer en temas de espionaje, irá siguiendo paso a paso todos los movimientos secretos del operativo “liquidar a Trotsky”. La documentación es accesible. “Que se maten entre ellos”, debieron pensar los estadounidenses.

El Jefe inestimable de la Red se llama Grigorij Rabinovich (alias Roberts, alias Judío Francés), ha sido enviado a Nueva York y se encarga de la intendencia personal, documentación falsa, mantenimiento económico y vivienda de todos los agentes de la NKVD dispersos por el mundo. Roberts mueve a sus figuras como genial atleta del ajedrez soviético. Organiza una empresa doble de importación y exportación en Brooklyn que actua de tapadera del operativo “Madre” y para la que dice trabajar Mercader mientras corteja a su futura esposa Silvia Ageloff y pasea en su flamante Buick al matrimonio Trotsky, cuando, en realidad, la supuesta empresa, pantalla de un centro de transmisiones soviéticas es espiada a su vez, como es de esperar, por el espionaje de Estados Unidos.

Otro importante agente de la GPU es Iosif Grigulievich, alias “el escritor”, entre otras múltiples máscaras, y dibujante de un mapa de asesinatos que empiezan en Argentina, siguen en España y se extiende a otros lugares del mundo. Dirigió el frustrado Grupo Padre, con las ametralladoras y la pandilla de asaltantes ebrios de Siqueiros dispuestos a asesinar a Trotsky. Fue el agente comisionado por Stalin en 1953 para eliminar a Tito, presidente de Yugoeslavia y responsable, según la opinión del Gran Jefe, de un régimen fascista y trotskista. Una de las tres variantes para liquidarlo consistía en la entrega de “un obsequio que contenía un veneno que actuaría instantáneamente después de un período de tiempo determinado”. La muerte de Stalin detiene el proyecto aunque no la serie infinita de libros publicados por el agente “intelectual” del gran dios. Fue amigo de Pablo Neruda, que conocía sus tretas estalinistas, así como de otros escritores a los que fue engañando sobre su verdadera identidad. Utilizó seudónimos como Grig, Don Pepe, Romualdich pero el nombre de Grigulievich quedará en la literatura como autor de libros sobre las vidas de Bolívar, Che Guevara, Allende, Siqueiros…, entre otros personajes latinoamericanos.

El tercer agente, de los cuatro dirigentes intelectuales de los atentados contra Trotsky es un hombre en la sombra que trabaja desde México, actua bajo los nombres de Carlos Contreras y Enea Sormenti y no es otro que Vittorio Vidali, nacido en 1900 en la ciudad de Trieste, brigadista en la guerra española con cargo de comisario político y comandante del V Regimiento y al que se le atribuyen un sinfín de ejecuciones. Entre las primeras el asesinato de Andreu Nin, cuya eliminación en la operación Nikolai, dirigida por Orlov, se la disputan Grigulievich y este último. De él se decía; “Es más frío que el acero”. Y enamoradizo… como buen italiano. Le imputan la muerte del comunista cubano Julio Mella, esposo de Tina Modotti solo porque Vidali estaba fascinado por la fotógrafa.

Más tarde lo responsabilizarán también de la muerte súbita en un taxi de Modotti cuando ésta acababa de abandonar el Partido Comunista. El Kremlin no perdona a sus desertores, y los celos pasionales de sus agentes, aun menos. Trotsky lo definió como uno de los agentes más crueles de la GPU en España. Y cuando Modotti murió en 1942 de un infarto, en un taxi, indispuesta y saliendo de una cena de amigos íntimos, celebrada a manera de despedida de Tina y Vidali, no faltaron las sospechas sobre una posible responsabilidad de Vidali, ya que Modotti sabía muchas cosas y, lo que era peor, empezaba a tener dudas serias sobre el sistema soviético. La GPU empleaba venenos que ocasionaban paros cardiacos sin dejar rastro. El escritor Victor Serge, crítico manifiesto contra el estalinismo, morirá en 1947, en México, según dicta el informe forense, de un ataque cardiaco y dentro de un taxi. La escritora Elena Garro, quien a la sazón frecuentaba los medios estalinistas, cuenta que su amiga Angélica Selke le dijo refiriéndose a Tina: “Yo estoy segura de que Carlos se la cargó…” Vidali es el agente que mejor a sabido borrar su nombre de la historia de la policía política de la URSS.

No tuvo la misma suerte Leonid Eitingon (alias Tom o Kotov), quien culminará con éxito el caprichoso encargo del dictador gracias a la proeza de su hijastro, Ramón Mercader del Río. Voces diversas plantean una disputa en el trío familiar por ver quien de los tres será el autor directo del asesinato de Trotsky. Dicen que Mercader se impuso a su padrastro, pero la preparación del joven republicano comunista para ser agente de élite invalida el argumento de la deliberación de candidatos. Lo que sí se da como cierto es que Caridad fue la impulsora del crimen político por la mano de su hijo predilecto.

Dos películas importantes lo relatan el suceso del crimen al detalle, además de libros y múltiples artículos. Mercader-Mornard (interpretado por el mismo Alain Delon) consigue entrar en el despacho de Trotsky. Lleva como armas un piolet, un puñal y una pistola. Opta por la primera y radical opción. Sus padres lo están esperando en la calle al volante de un coche preparado para la fuga. Clava el piolet en la cabeza de la víctima mientras está concentrada en lectura del escrito que el visitante le lleva como cebo. Consigue herirlo mortalmente pero con tiempo a gritar el nombre del asesino. Este es detenido y golpeado por los guardias. Madre y padrastro huyen al aeropuerto. El hijo lleva en el bolsillo una carta escrita por Rabinovich en la que su alter ego Mornard certifica que el “atentado obedece a algo personal ya que conoce en persona a Trotsky y lo ha decepcionado”. Dice más cosas.

Pantomima, claro. Una sola verdad: su prometida Silvia no tiene nada que ver con ello. No son palabras vanas las de su defensa aunque leyéndolas parezcan las propias de un estúpido. Así es la imagen del héroe soviético que la URSS quiere dejar para la historia pública. La prioridad de la misión radica en que Stalin no se vea nunca involucrado en algo tan ruin como este asesinato. Nadie se atreverá a mencionar la orden. Ni el autor del crimen ni tampoco los últimos comunistas arrepentidos de la época. Al fin, el mundo entero terminará conociendo al responsable del mandato, pero la sombra de la duda seguirá borrando la verdad histórica y la imagen del ejecutor del homicidio “político” a Trotsky quedará desvaída y falseada hasta ahora.

La segunda vida de Ramón Mercader
Con la detención por asesinato de Jacques Mornard en la prisión de Lecumberri (México, D.F.) comienza la segunda vida de Ramón Mercader. La persona que vivirá en el Palacio Negro y la que, una vez cumplida la condena de veinte años, saldrá de allí será otra distinta a la anterior. ¿Un hombre nuevo? El condenado sufrirá por parte de sus guardianes torturas periódicas durante los primeros seis años de prisión. Los soportará con bravura propia de un agente de su categoría. Pese al dolor infligido no abrirá la boca ni siquiera para quejarse. Al principio, vivirá incomunicado del resto de los presos. El juez de su causa, Raúl Carranza Trujillo, psicoanalista criminológico de tesis avanzadas para la época, somete al condenado a un largo psicoanálisis del que desprende “un activo complejo de Edipo por parte de una madre dominante y de una figura paterna siniestra”. Se refiere a Stalin, por supuesto. Rubén Gallo, en su libro Freud y Stalin en México, incluye los ejercicios de Mornard en respuesta a las pruebas psicoanalíticas y añade la felicitación que Sigmund Freud envía a su colega mexicano, el psicólogo juez Carranza cuándo este le remite el libro de su trabajo con el “desmemoriado”.

El hombre sin nombre seguirá protegido por el dictador y sus acólitos. Su silencio vale oro. De ahí que en los veinte años de internamiento una comisión dirigida desde México por el agente secreto Kupper se ocupe de “vigilar” a Mercader, de costear su defensa y de hacerle la vida lo más confortable posible en Lecumberri. El preso especial dedicará su tiempo a la lectura, al estudio y la formación personal. Electrotecnia e historia son sus materias preferidas. Tiene la celda forrada de libros y comparte prisión con el artista Siqueiros, liberado pronto por la intervención de Pablo Neruda, y con los escritores Álvaro Mutis, José Agustín y William Burroughs. En algún sentido sigue permaneciendo mudo pese a las palizas continuas, aunque muy pronto conseguirá fama en la cárcel por una razón esta sí heroica. Se encarga de alfabetizar a más de mil presos de lo que se derivará, en alguna medida, una nueva identidad para el asesino. Recibirá el sobrenombre de El Santo. Así es como los reclusos llaman al oculto agente. Lo dijo la actriz Sara Montiel cuando lo visitó en Lecumberri y supo contarlo: “Mató a Trotsky pero malo no era”. Para un estalinista convencido como Mercader el mote de los presos resultaba irónico. Su hazaña solidaria se extenderá por todo el país y será el mismo presidente de la República mexicana quien entrará en prisión a condecorarlo por su labor humanitaria.

En el ecuador de su condena se descubre, al fin, la identidad del preso, para desgracia de su familia catalana que cierra filas ante tan terrible noticia. ¿Un catalán, de buena cuna? Pocos quieren creerlo. Alguno que otro artista e intelectual de izquierda se atreve a visitarlo. Su madre, Caridad Mercader, con un gran sentido de culpabilidad (llora mucho su desgracia en la URSS) se presenta en México y explica al agente Kupper que tiene un plan perfecto para liberar a su hijo. Los agentes no quieren ni oir hablar de ello, pues años antes la red mexicana se ha quitado de encima, entre otros descreídos de la causa estalinista, a Modotti. A Caridad Mercader haciendo de las suyas, en México, los súbditos del Kremlin no la soportan y van a ocasionarle un fortuito accidente de coche del que la buscada víctima sale ilesa, si bien fracasará el proyecto de huida de su hijo. “Marimandona”, le reprochará Ramón, por meter las narices donde no la llaman.

Lo que nadie espera de este preso desmemoriado es que estando en el temido Palacio Negro se enamore, esta vez probablemente sin estrategia previa, de una bailaría folklórica llamada Roquelia, hija de aquella cocinera que la red soviético-mexicana ha contratado para ocuparse de su comida. Mercader ya entra y sale de la cárcel con la discreción de un invitado a prisionero. Por supuesto, su silencio no tiene precio. Y cautivo o libre sabe muy bien que es hombre sentenciado pese a ser (lo dijo en secreto) el comunista más leal a Stalin de todos los comunistas conocidos y por conocer.

“He cometido un crimen y debo pagar por ello”, es uno de sus dos pensamientos clave. El otro: su convicción de que el atentado contra Trotsky obedeció a un crimen político, un acto de guerra propio de la época que le tocó vivir.

Este Mercader reaparecido, caída ya su careta de Mornard, tiene cuarenta y siete años cuando, una vez cumplidos los veinte de condena, sale discretamente de Lecumberri y corre a Moscú junto con su esposa Roquelia. Comienza entonces su prisión dorada. En la Unión Soviética es recibido con todos los honores y condecorado con la más alta distinción de su país de asilo, la de Héroe de la URSS y también la medalla de Stalin. Y pese a que el nombre que le han adjudicado sea otro, el festejo se celebrará, es claro, en la más estricta intimidad y anonimato. Tampoco, allá, en tierra extraña, nadie debe estar al corriente del motivo de tal altísima distinción que permitirá a Mercader moverse por la capital moscovita con todos los privilegios posibles. Todos salvo uno: La libertad de ser él mismo. Hasta el día de su muerte, e incluso años después de ser enterrado se le conocerá como Ramón Paulovich López. Marca de la casa: la que obliga a los agentes a disfrazarse de continuo desde que años atrás, durante la primera visita del joven Stalin a la vieja Europa, cuando llega a Viena con pasaporte griego, decide vestirse de mujer para ejemplo y figura de sus funcionarios especialísimos del futuro.

¿Le importaba a Mercader tener que ser siempre otro? No, especialmente. En Moscú lee con voracidad. Escribe páginas y más páginas en los libros de la Historia del Partido Comunista Español y escucha música. Pasa el tiempo. Se aburre. Sueña con escapar. Le duele en el alma, en esos largos años que vivirá en la URSS junto a su mujer e hijos adoptados, la decepción y desencanto del sistema soviético, el tedio que siente Roquelia, el suyo propio, las purgas que padecerán sus colegas espías, incluido su padrastro Eitingon, la formación de los hijos, las traiciones, el desengaño por los presidentes posteriores, Kruchev y Breznev (a éste último lo detesta) y por encima de todo la lejanía del mar de su país de origen: Cataluña.

Mercader quiere irse. Una conocida de Roquelia, hija de republicano español y vecina de la casa, va tomando confianza con la familia. La amistad crece. Comparte con Mercader la grisura del sistema y la jaula de oro en la que el héroe vive de sol a sol. Un buen día, ella se informa sobre la llegada de Fidel Castro a la Unión Soviética (27 de abril de 1963). Conocedor de que durante la famosa visita la amiga y vecina va a trabajar como intérprete del Presidente cubano, Ramón se atreve a pedirle: “Trata de decirle a Fidel que quiero ir a vivir a Cuba y que le agradecería como un favor que tuviera la amabilidad de invitarme”. Tampoco parece que esta misión pueda ser viable. Pero el destino vuelve a “ayudarle” y Castro acepta de inmediato la propuesta. Los rusos, por su lado, tampoco se aferran a la idea de mantener a perpetuidad a su asesino extraño. Más bien les molesta tener a este héroe desmemoriado campando por sus fueros. En Moscú fue siempre un personaje a quien no gustaba enseñarlo en público. Lo admiraban y temían al mismo tiempo.

“Soy una patata caliente para todo el mundo”, dice de sí mismo a la amiga y única apuntadora de confidencias.
Nada más cierto. El viaje de Mercader a Cuba requiere ser organizado despacio como es norma de los países del rincón Este de aquel mundo. Roquelia y los hijos viajarán primero. La amiga del matrimonio, los seguirá de inmediato. También ha aceptado un trabajo en La Habana, único paraíso que algunos latinos de la URSS pueden permitirse. Mercader, sin embargo, debe quedarse en Moscú a fin de ultimar trámites de salida y recibir, según fecha sabiamente programada, otro premio honorífico que el 9 de mayo de 1964 sus camaradas de la KGB le hacen como regalo de despedida. El regalo consiste en un reloj de pulsera que Ramón López ata de inmediato a su muñeca, si bien, con tan mala suerte que, unas semanas más tarde, estando todavía solo en Moscú, el agente especial se siente enfermo, y es ingresado con el pulmón obstruido por un derrame. Mercader ha cumplido 51 años. El diagnóstico del resultado de las pruebas en el hospital moscovita no parece del todo claro. Varios especialistas, amigos de la familia, sospechan que es cáncer pero nunca realizan análisis ni biopsia. Su padrastro Eitingon lo visita en el hospital y al salir lanza a Luis Mercader, hermano de Ramón, la lapidaria frase: “Algo le deben haber hecho. ¿No lo habrán envenenado?”

¿Qué clase de enfermedad? Mercader quiere conocer el nombre pero es difícil responder claramente estas preguntas si el agente está “tocado y hundido”, una patata caliente. Así que cuando viaja a La Habana descenderá del avión herido de muerte. Sospecha la gravedad de su estado pero, terco en su silencio, el hombre sombra se aviene a trabajar como asesor de Fidel Castro. ¿Es creíble? Del trabajo que Mercader hace en Cuba para el Presidente Castro se ignora todo. Posiblemente asesora poca cosa o apenas nada. Mientras lo permite su enfermedad se presenta a diario a un edificio del Gobierno. Por supuesto, va acompañado de un escolta. Se mueve solo. Sin amigos. Y el único extranjero que consiguió estar con él en la isla caribeña fue un sobrino suyo, pariente lejano mío, que viajó ex profeso para visitarlo.

El escritor Cabrera Infante cuenta que cuando él y otros intelectuales se enteraron de la presencia Mercader en La Habana fueron a ver a su dirigente para reprocharle tal invitación. Castro les contesto que había dado la autorización “a pedido de una nación amiga” a la que debía “favores”.

El cáncer ha ido minando su cuerpo y son semanales las visitas al hospital cubano. La amiga leal, una de las pocas sino la única que nuestro agente puede permitirse, lo acompaña y ayuda en todo lo necesario. También ella ha aprendido a callar pero, por fortuna para la memoria histórica, es más joven que Ramón y calla menos. Y dará su testimonio riguroso, casi clandestino, de la vida cotidiana del héroe soviético durante los quince años de la tercera vida de Mercader, ahora Ramon López, nacido en Moscú.

No existe ningún diagnostico exacto de los últimos años de vida de Mercader a pesar de ser atendido en las mejores clínicas moscovitas y por la mejor clínica de La Habana. Corre la sospecha de que Mercader fue envenenado antes de salir de Rusia. El temido veneno colocado, en esta ocasión, en un reloj de pulsera. Nadie quiere ni puede certificarlo. Pero todos dudan. Nadie se atreve a hablar claramente.

En 1977, en plena transición española, Ramón Mercader, sentenciado y casi moribundo, el agente secreto más importante de la Unión Soviética, Héroe absoluto declarado por Stalin, solicita a Santiago Carrillo su deseo de morir en Cataluña, en el pueblo de veraneo de su infancia. El Secretario General del Partido Comunista de España, el hombre que también tuvo muchas vidas y mucho que guardar dentro del armario, le da una respuesta malévola, sobre todo viniendo de él. “De acuerdo”, le dice, “te doy permiso si a modo de arrepentimiento escribes una confesión completa de las actividades realizadas a los largo de tu vida y de quién te dio la orden del asesinato”.

Agente honorífico como, pese a todo, nuestro héroe sigue siendo, Mercader rechaza categórico la oferta envenenada de su colega respondiéndole que él “nunca traicionará a los suyos”. Considera la propuesta una deslealtad a la organización para la que ha trabajado teniendo en cuenta, además, que muchos agentes de aquella operación siguen vivos en la URSS.

La condición del Zorro Rojo clama al cielo. El hombre al que se le reprocha no haber dado nunca una explicación sincera de los hechos desgraciados de Paracuellos (purgas y asesinatos), y cuya responsabilidad está demostrada, exige un mea culpa y la confesión de la verdad al héroe, colega y camarada responsable de un solo asesinato.

Abandonar Moscú para regresar a Barcelona “ni que sea barriendo calles”, fue un sueño que sólo consiguió realizar a medias. Ramón morirá en La Habana un 19 de octubre de 1978 sin dejar prueba alguna de arrepentimiento por haber matado a León Trotsky. Sin embargo, sí lo lamentó a su manera. Comentó en más de una ocasión que había sido utilizado. A un amigo que lo conoció bien, en un momento de melancolía le dijo:
“Lo de Trotsky fue una acción justa en su tiempo pero jamás volvería a matar a otro hombre pese a que también existieran motivos ideológicos para hacerlo”.

El también llamado “brazo armado de Stalin” tenía una personalidad que dará todavía para mucha tinta. Prefiero fiarme de él. Del hombre que supo guardar un secreto a costa de perder su identidad, su vida, su verdad histórica y todo ello para no traicionar a la Bestia que sus camaradas habían alabado durante tanto tiempo. Y a la que, por cierto, Mercader nun

domingo, 23 de febrero de 2014

alborada 2018:

alborada 2018:Supongo que cada vez que los medios de comunicación nos anuncian una nueva “primavera” democrática el ciudadano de a pie se echa a temblar pensando que un nuevo conflicto civil, sino directamente una guerra, está a punto de iniciarse. Será que las primaveras son tiempo de tormentas capaces de desatar riadas que pueden llevarse por delante edificios centenarios.

Las terribles noticias que nos llegan de Ucrania me traen a la memoria los debates atlánticos tras el derribo del Muro de Berlín y la descomposición de la Unión Soviética ¿Qué hacer? ¿Cuál era el sentido de la Alianza Atlántica cuando el enemigo se había desintegrado? El Tratado de Washington no recoge una sola referencia a la Rusia de los soviets. En un ejemplo de inteligencia política y de visión estratégica sus autores había puesto en positivo todo el discurso. La Alianza se establecía para defender valores y principios, los característicos de la democracia liberal que resurgía de las cenizas de dos guerras mundiales, del Holocausto judío y del Gulag. Sin la amenaza soviética ¿no había llegado el momento de rematar la operación iniciada con el European Recovery Program–el “Plan Marshall”- y el Tratado de Washington –“la OTAN”- avanzando el proceso democratizador hacia el Este europeo e incluso hacia los territorios semi-civilizados de Asia Central?
En 1997 Brezinski publicó The Grand Chessboard, el canon de la penetración en territorio exsoviético. El autor no es, ni era en aquellos días, un neoconservador. Para él  lo fundamental no era la promoción de la democracia sino de la influencia occidental, aprovechando un momento de extrema debilidad rusa para limitar su área de influencia. Tras toda guerra llega la revisión de las fronteras. La Guerra Fría fue un conflicto singular, como también lo sería su ajuste de lindes. En el 91 y 92 Fukuyama estableció  el segundo canon, por el que la democracia liberal pasaría a ser el único sistema político legítimo a la vista del hundimiento de todas las utopías contrarias. A realistas como Brezinski se sumaron neoconservadores y muchos internacionalistas, animando la ampliación de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica hacia el Este.
Muchos otros, característicamente realistas, alertaron sobre los riesgos que esa apertura implicaba. Para Rusia significaría una agresión, un intento de aprovecharse de su debilidad, esa debilidad que le acompaña desde la fundación del Ducado de Moscovia y de los siglos de tensión con los tártaros por la crónica descompensación entre kilómetros cuadrados y habitantes. La Unión Soviética había distinguido entre las repúblicas que se incorporaban a la Federación y los estados soberanos que quedarían recogidos y pastoreados desde el Pacto de Varsovia. La renovada Rusia llevó mal, pero toleró, que los segundos se acercaran a las instituciones atlánticas y europeas, pero la suerte de los primeros estaba echada, su destino sería acompañarla hasta el final. Para los zares de antaño, los dirigentes comunistas de hace unas décadas o los actuales gobernantes la seguridad de Rusia depende de su control sobre estos territorios, que les sirven tanto de colchón como de ariete para contener o avanzar en su siempre compleja y un tanto neurótica relación con Europa.
Podemos comprender la perspectiva rusa pero ¿debemos aceptar la merma de soberanía que implica? ¿Tenemos que asumir que Georgia, Ucrania, Moldavia o cualquier otro de esos estados carece del derecho a decidir sobre su propio futuro? ¿Es esa la doctrina que se deduce de la carta de San Francisco? Es evidente que no. No estamos obligados a aceptar el establecimiento de áreas de influencia, pero resulta conveniente, ahora como hace siglos, valorar la realidad en toda su complejidad antes de dar un paso en cualquier dirección. Una apertura hacia el Este supone una agresión a Rusia. Podemos afirmar que no es voluntaria sino sólo la consecuencia de una visión neurótica de su propia seguridad. De acuerdo, es verdad, pero no por ello dejará de ser percibida como una agresión porque en política las cosas no son como son, sino como parecen. Por lo tanto, lo fundamental es tener en cuenta que Rusia va a reaccionar y que tendremos que ser capaces de contener y reconducir la situación.
A nadie que sepa un poco de historia le pudo sorprender que Rusia invadiera Georgia y segregara los territorios de Osetia del Sur y Abjacia. Era lo previsible, la consecuencia natural de los sacrificios realizados por Rusia en la región a lo largo de los últimos siglos para garantizar su hegemonía. El respeto a sus propios muertos y a la nación exigían un escarmiento al gobierno georgiano, dispuesto a integrarse en la OTAN. Sin embargo, resultó muy sorprendente que Occidente agachara la cabeza y no hiciera nada al respecto. A Rusia la operación le salió gratis y sus dirigentes concluyeron que los estados europeos nada harían en el futuro para defender la soberanía de otros estados en situación semejante. Georgia abrió el camino a una política aún más firme con Ucrania.
La sociedad ucraniana busca su bienestar, sus mejores opciones de futuro, pero no acaba de decidir cuáles son. Unos miran decididamente hacia el oeste, tratando de liberarse, de una vez por todas, del peso de la influencia rusa. Otros, más sensibles al peso de la historia y de la cultura, temen dar la espalda a Moscú. A las distintas perspectivas se suman problemas objetivos, como la inexistencia de unas fronteras históricas y la paulatina anexión a la República de Ucrania de territorios al este del río Dniéper por las autoridades de Moscú, que culminaron en 1954 con el regalo de la Península de Crimea a iniciativa del ucraniano Kruschev. El resultado es que una parte de la población se siente muy próxima a Rusia y que el gobierno ruso nunca aceptará la pérdida de la Península de Crimea ni de buena parte de esos territorios.
Moscú ha enviado mensajes directos a Kiev. La flota seguirá en Sebastopol, por las buenas o por las malas, y cualquier acto de alejamiento tendrá una repercusión inmediata en el precio del gas. Los europeos han criticado un comportamiento tan impropio de los tiempos que corres, bajo el reinado delsoftpower y del multilateralismo, pero no han tenido reparo en permitir la construcción de gaseoductos que permiten el suministro sin pasar previamente por estados en disputa, lo que permite el cierre de las válvulas a unos al tiempo que otros no sufren alteración alguna en el servicio. A buen entendedor pocas palabras bastan. Alemania busca un entendimiento con Rusia y hace de las mutuas inversiones y de un intenso comercio el pilar sobre el que levantar unas buenas y estables relaciones que no parece dispuesta a poner en peligro por la suerte de estados como Ucrania.
En estas circunstancias europeos y norteamericanos han  respondido a las demandas de una parte de la sociedad ucraniana, han dado alas a sus ansias democratizadoras y modernizadoras para a la postre, como ya ocurriera en Georgia, recular ante el primer gruñido ruso abandonando a aquellos que habían confiado en su apoyo en un escenario de violencia y quiebra nacional. Un formidable ejemplo de irresponsabilidad que se suma a las recientes pifias de la “línea roja” en Siria o del programa nuclear iraní.
El problema no es si debemos o no avanzar hacia el oriente, en clave realista, neoconservadora o internacionalista. Cualquiera de estas opciones puede tener sentido si se hace desde una estrategia coherente. Lo que no es admisible es la frivolidad, cuando están en juego vidas, haciendas y la estabilidad regional. Si se avanza se hace asumiendo riesgos y previendo reacciones. No es de recibo que la diplomacia europea vaya en una dirección cuando a la hora de la verdad, en el momento en que Rusia se revuelve, las contrapartes nacionales se pliegan al unísono sermoneando sobre la conveniencia de llegar a un entendimiento que de satisfacción a las “legítimas” inquietudes de Moscú.  Los norteamericanos critican a los europeos por su falta de visión. Los alemanes a los yankees por su aventurerismo… El resultado es que la Alianza Atlántica carece de visión, de cohesión y de estrategia.

jueves, 11 de julio de 2013

COMUNISMO AÑO 2000.

El muro que cayó puede ser de nuevo levantado - Marxismo y cristianismo siguen siendo incompatibles - Los errores del marxismo - Los ricos eran malos; pero hoy los grandes líderes socialistas son millonarios - La figura de Cristo es manipulada - ¿Ondeará sobre el Vaticano la bandera del Kremlin?
El muro que cayó puede ser de nuevo levantado

Lo que en 1989 parecía el definitivo «adiós» al comunismo, hoy se vislumbra como que apenas fue un «hasta luego»
Por Diana R. García B.
Hace poco más de dos décadas llegó a su fin el Muro de Berlín, símbolo del socialismo del siglo XX, apodado con justa razón «el Muro de la vergüenza», pero que la Alemania Oriental (la comunista) llamaba de forma oficial «Muro de Protección Antifascista» y que se supone buscaba mantener alejados a los que conspiraban «contra la voluntad popular» de constituir un Estado socialista.
Pero la historia en torno al muro da claro testimonio de que el mundo socialista ni era un paraíso ni era querido por el pueblo.
La apertura
Y fue el 9 de noviembre de 1989 cuando el gobierno, cansado ya de las protestas masivas de la población exigiendo el derecho a la libre circulación, y de que se estuvieran escapando miles de alemanes a través de las fronteras de las naciones comunistas vecinas, promulgó un plan que permitía obtener pases para viajar a la Alemania Occidental; pero, en conferencia de prensa televisada en vivo a toda la nación, se anunció ese mismo día que con dicho plan todas las restricciones para desplazarse quedaban retiradas, y al preguntar un periodista que a partir de qué momento entraba en vigor, la respuesta fue: «De inmediato».
Ni qué decir que la multitud corrió en seguida a las puertas que daban a la otra Alemania, y los guardias socialistas fronterizos, sin saber qué hacer frente a los miles de compatriotas que exigían los dejaran pasar al otro lado, a las 23:00 horas abrieron las puertas iniciándose el éxodo, aunque la verdadera avalancha humana que dejaba el territorio comunista ocurrió el viernes 10 de noviembre.
Día feliz
Y los propios berlineses iniciaron la demolición del muro usando los medios a su disposición: martillos, picos, mazos, etc.
Cuando la noticia cruzó las fronteras, el mundo entero fue presa de una alegría eufórica: ¡por fin estaba ocurriendo lo que había parecido inalcanzable: la caída del comunismo mundial! Sin duda fue uno de los días más felices en la historia contemporánea.
Efecto dominó
Pero no se pude olvidar el papel que jugó el beato Juan Pablo II; lo dicen propios y extraños: sin él este acontecimiento nunca se habría dado. Mijaíl Gorbachov, último presidente de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), no tuvo reparos en reconocer públicamente que la intervención del Papa fue decisiva en el derrumbe del comunismo europeo, que, como un «efecto dominó», comenzó con el apoyo del pontífice al sindicato polaco independiente Solidarnosc (Solidaridad), fundado en 1980, que de manera totalmente pacífica luchaba por sacudirse el yugo comunista.
A decir del electricista Lech Walesa, líder católico de Solidarnosc, en realidad todo comenzó antes, cuando el 2 de junio de 1979, en su primera visita como Papa a Polonia, el beato pronunció una homilía que a la vez fue una oración a Cristo, diciendo: «Yo, Juan Pablo II, Papa, grito desde lo más profundo de este milenio, grito en la Vigilia de Pentecostés: ‘¡Descienda tu Espíritu! ¡Descienda tu Espíritu y renueve la faz de la tierra! ¡De esta tierra!'». Dice Walesa: «A partir de ese día fuimos testimonio y protagonistas juntos de la fuerza inquebrantable de la fe; ... un pueblo entero comenzó a rezar y esperar»; y añade: «Sin el Papa Wojtyla no habría habido la experiencia de Solidarnosc».
El marxismo no hizo la reforma social
En cuanto a la opinión del Papa Wojtyla, en esta caída estrepitosa del marxismo práctico él veía claramente «el dedo de Dios», y así se lo dijo a los ex soviéticos cuando los visitó en 1993.
Pero el Señor sabe valerse de las obras humanas para intervenir; en el caso del comunismo, permitió que sus propios defectos fueran la causa de su caída. Por eso, como explica el beato Wojtyla a través del libro-entrevista Cruzando el umbral de la esperanza,, «el comunismo como sistema, en cierto sentido, se ha caído solo. Se ha caído como consecuencia de sus propios errores y abusos... No ha llevado a cabo una verdadera reforma social... Se ha caído solo, por su propia debilidad interna».
No estaba muerto
Durante algunos años, la desaparición del «muro de hierro» y el ingreso a la democracia de los países de Europa que antes no la tenían, hizo a la humanidad sentirse ya a salvo del lastre del marxismo. Pero los últimos años han demostrado que este monstruo no estaba realmente muerto, sólo gravemente herido, y que hoy, en franca convalecencia, en cualquier momento puede atacar de nuevo.


Marxismo y cristianismo siguen siendo incompatibles
Por Javier Úbeda Ibáñez
Como es sabido, los juicios de la Iglesia pueden operar en un triple plano: a) dogmático: proclamación de una verdad o condenación de una doctrina, b) moral: afirmación de que una realidad, en unas circunstancias determinadas, está o no en consecuencia con el mensaje evangélico, y c) disciplinar: articulación práctica del juicio moral, con su posible sanción canónica.
Ante el marxismo, la Iglesia ha hecho un juicio dogmático y una condenación moral que lleva consigo una sanción canónica: la excomunión ipso facto (Decreto del Santo Oficio, 1 de julio de 1949). Este triple juicio sigue hoy plenamente vigente.
Históricamente, desde que por vez primera es mencionado el comunismo por el Magisterio pontificio, con Pío IX, hasta nuestros días, ha sido siempre condenado por la Iglesia. No sólo por su ateísmo, sino por su negación de los derechos naturales de la persona humana y por su carácter destructor de la convivencia social (Pío IX, encíclica Qui pluribus y encíclica Quanta cura). La Iglesia no deja de insistir en que «en semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida» (Pío XI, encíclica Divini Redemptoris).
Marxismo y cristianismo siguen siendo incompatibles, en la doctrina y en la práctica; nadie puede ser a la vez cristiano y marxista. Y, en conciencia, un cristiano no puede profesar, defender, ni siquiera colaborar a la difusión de las doctrinas marxistas, ni en sus afirmaciones teóricas, ni en sus aplicaciones prácticas, científicas, culturales o políticas. En caso contrario -como sanción disciplinaria- incurre ipso facto en la excomunión de los apóstatas.
No ha cambiado, pues, el juicio de la Iglesia sobre el marxismo y el comunismo. Cosa, por lo demás, lógica, si se tiene en cuenta que tampoco ha habido cambio sustancial alguno en el marxismo.
Fuente: Centro Tomás Moro


Los errores del marxismo
Un mapa en constante cambio

Cuando la Iglesia condena el marxismo no es porque «odie» a los comunistas sino porque ha recibido de Dios el poder y la obligación de indicarle al ser humano cuál es el camino que conduce a la Vida Eterna y cuáles son los que pueden arrastrar a la condenación eterna (al Infierno, pues).
PROFETISMO SIN DIOS
Hay que recordar que el ateísmo es una de las bases del pensamiento marxista. Por eso ya decía en 1985 el cardenal Rat-zinger (hoy Benedicto XVI) en el libro-entrevista Informe sobre la fe:
«Creo que el marxismo, en su filosofía y en sus intenciones morales, es una tentación más profunda que otros ateísmos prácticos, intelectualmente superficiales. La ideología marxista aprovecha elementos de la tradición judeocristiana, aunque transformada en un profetismo sin Dios; instrumentaliza para fines políticos las energías religiosas del hombre, encaminándolas a una esperanza meramente terrena, que es el reverso de la tensión cristiana hacia la vida eterna».
INTENTOS FALLIDOS POR «CRISTIANIZARLO»
Es absolutamente legítimo desear un mundo donde reine la justicia, por eso la Iglesia insta a todos a comprometerse cristianamente en la lucha por la libertad y la dignidad humana, con especial énfasis en la causa de los pobres, los oprimidos y los perseguidos. Y algunos creyeron que esto era posible con una especie de cristianización del marxismo, con lo que nació la teología de la liberación, que busca una relectura del Evangelio en clave socialista.
Pero así los errores de fondo no desaparecen: mientras que para la Iglesia, en toda su doctrina apostólica y bimilenaria, la que busca el cristiano es principalmente la liberación de la esclavitud del pecado, para esta teología la liberación debe ser sobre todo de alcance terrenal, en el campo político y las estructuras sociales. El Nuevo Testamento enseña que no valen las distinciones entre clases: esclavos y libres, pobres y ricos, etc. (cfr. Gal 3, 28), porque Dios no hace acepción de personas (cfr. Hch 10, 34), y si el hombre pretende hacerlo incurre en pecado (cfr. Stgo 2, 9); pero en este moderno esquema teológico se anuncia una iglesia de los pobres hecha por los pobres y para los pobres, haciendo a un lado a la Iglesia universal. La Iglesia fundada de Cristo es claramente jerárquica, pero aquí se inclina por su democratización.
Después de la Segunda Guerra Mundial (1945) y hasta a finales de los años 80, el panorama mundial fue bastante estable en cuanto a países controlados por gobiernos socialistas radicales (marcados en color oscuro en el mapa superior).
A partir de los años 90 ha habido muchos y constantes cambios; tanto que, de un año a otro, el mapa del mundo suele modificarse pues, con frecuencia, de un período presidencial al siguiente, algunas naciones alternan entre gobiernos de izquierda y gobiernos de derecha; pero hay otras que todavía siguen padeciendo las terribles dictaduras socialistas absolutas, sin oportunidad de que sus ciudadanos sean quienes decidan el destino de su patria.

Los ricos eran malos; pero hoy los grandes líderes socialistas son millonarios
De acuerdo con Marx, los ricos (la burguesía, los capitalistas, los patrones) y los pobres (el proletariado, los asalariados, la fuerza laboral) pertenecen a campos enemigos irreconciliables; y este antagonismo no puede acabar sino hasta que la lucha de clases logre una sociedad igualitaria.
¿Puede entonces un socialista ser rico? Cualquier marxista coherente respondería que no. Y si un «malo», es decir, un rico, decidiera abrazar la causa socialista, obviamente se esperaría que entregara de inmediato sus riquezas personales (el capital, los bienes de producción) a la causa de los «buenos», es decir, los pobres.
Pero la realidad histórica resultó distinta: incluso tras «la cortina de hierro» no existía la pretendida igualdad sino que siempre hubo un grupo de privilegiados.
Aunque ser rico y socialista sea una contradicción, el mundo está lleno de casos así; por eso decía Lech Walesa que los marxistas «son como rábanos, rojos por fuera y blancos por dentro»; si poseen dinero y propiedades no renuncian a ellos.
Qué fácil es decir «soy socialista» cuando se sigue viviendo a todo lujo, como es el caso de Sting, el cantante inglés de rock; el de Antonio Banderas, actor español radicado en Estados Unidos, o el de Elle Macpherson, la supermodelo y actriz australiana, todos ellos forradísimos de dinero y nada dispuestos a dejar de estarlo. Pero el caso más triste es el de los líderes políticos marxistas que, por un lado, incitan a la población humilde y clasemediera hacia la lucha de clases, inculcándole aversión hacia los «riquillos» -ahí está el caso del mexicano López Obrador- , pero que, al mismo tiempo, ellos y sus familiares visten costosa ropa «de diseñador», portan relojes de oro, acostumbran irse de compras a territorio enemigo (Estados Unidos) y reciben sueldos jugosos que ningún proletario podrá jamás percibir ni aunque se instaure la «sociedad igualitaria». Aquí hay más ejemplos:
El dictador cubano Fidel Castro, según los cálculos de Forbes, en 2006 ya tenía un patrimonio individual de más 900 millones de dólares, y actualmente se estima en mil 400 millones, mientras que la riqueza personal de su hermano Raúl Castro es de unos 400 millones. Fidel es dueño de una flotilla de autos Mercedes Benz y de dos aviones privados (uno es un Iliuchin de más de cien millones de dólares); Raúl es dueño de más de 2800 hectáreas ganaderas en el valle de «la Picadura», que Fidel expropió en 1965 a estadounidenses, y vive en una residencia rodeada de un lago artificial. Todo esto ocurre mientras el pueblo cubano sobrevive con un salario promedio mensual de apenas unos 19 dólares.
En Argentina los esposos Kirchen aumentaron mágicamente su patrimonio personal de dos millones de dólares en el año 2005 a 16 millones en el 2009.
En cuanto al venezolano Hugo Chávez, los analistas calculan que, desde que inició como presidente en 1999, ha amasado una fortuna similar a la de los hermanos Castro en Cuba.
En octubre de 2012 China se escandalizó cuando se enteró de que su líder comunista, el primer ministro Wen Jiabao, era dueño de dos mil setecientos millones de dólares.
Todos estos socialistas acrecientan sus monederos al más puro estilo burgués: inversiones en la bolsa, diversificación de sus empresas, usura, etc.
D. R. G. B.

La figura de Cristo es manipulada
Una de las máximas del pensamiento marxista es: «la religión es el opio de los pueblos»; pero sus adeptos no tienen reparos en manipular los valores religiosos a fin de atrapar adeptos.
Al parecer, la primera vez que a un socialista se le ocurrió pronunciar la mentira de que «Jesucristo fue el primer revolucionario» fue en el siglo XIX, en una conversación con Donoso Cortés, a lo que este filósofo español respondió desarmando a su interlocutor: «Pero Jesucristo no derramó más sangre que la suya».
El caso es que, desde entonces, a todos los amantes del pensamiento de izquierda, por mucho que odien a Cristo y a su Iglesia, les encanta presentarlo como un modelo válido para sus intereses políticos. Así, por ejemplo, escribe el dictador cubano Fidel Castro: «A lo largo de mi vida revolucionaria... no llegué a adquirir una fe religiosa, más bien todo mi esfuerzo, mi atención, mi vida se consagró al desarrollo de una fe política...; proyecté mi atención hacia los aspectos revolucionarios de la doctrina cristiana y del pensamiento de Cristo; más de una vez, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de expresar la coherencia que existe entre el pensamiento cristiano y el pensamiento revolucionario».
En 2006, poco después de ser reelegido para su tercer período presidencial, el venezolano Hugo Chávez afirmó en su discurso: «El Reino de Cristo es el reino del amor, de paz, el reino de la justicia, de solidaridad, de hermandad, el reino del socialismo».
Otra marxista, Cristina Fernández, presidenta de Argentina, fue a Cuba a visitar al muy gravemente enfermo Hugo Chávez, y le dijo a la prensa que le llevó de regalo una Biblia protestante.
Un Jesús reducido
Sin embargo, los actos socialistas en los que inmiscuyen a Jesucristo no lo exaltan verdaderamente sino que lo reducen. Así, volviendo con Chávez, en agosto de 2011, cuando se creía ya curado de su cáncer, agradeció por televisión a aquéllos a los que consideraba sus sanadores: «El primer doctor se llama Jesús de Nazaret, el más alto de los curanderos; el segundo es Fidel, y el tercero es el equipo médico»; o sea que para él no parece haber demasiada diferencia entre Cristo y Fidel Castro. Y de hecho no es de extrañar, pues es muy común que los socialistas equiparen al Señor con «otros grandes revolucionarios», verdaderos apóstoles de la violencia, como el Che Guevara, aun cuando éste reconoció: «No soy Cristo ni un filántropo, soy todo lo contrario de un Cristo. Lucho por las cosas en las que creo con todas las armas de que dispongo y trato de dejar muerto al otro».
Táctica exitosa
Lo cierto es que la manipulación que hace el marxismo de la figura de Jesús ha llegado a hacer pensar erróneamente a muchas personas que el cristianismo y el marxismo son compatibles y hasta prácticamente sinónimos; ahí está el caso, por ejemplo, del ciudadano venezolano José Gregorio Luque, que en septiembre pasado saltó a la fama en todos los medios de comunicación de su país al emprender una peregrinación de 500 kilómetros cargando una gran cruz para pedir que Hugo Chávez fuera sanado por Dios, pues, según dijo literalmente este peregrino, «está gobernando Jesucristo a través de Hugo Chávez».
D. R. G. B.


¿Ondeará sobre el Vaticano la bandera del Kremlin?
Las profecías de Fátima y san Maximiliano María Kolbe
El sacerdote franciscano y mártir en los campos de concentración nazis, san Maximiliano María Kolbe (1894 - 1941), tras recibir un día un revelación de lo Alto, pronunció esta profecía: «Un día la bandera de la Inmaculada Virgen María ondeará sobre el Kremlin, pero antes, la bandera roja flotará sobre el Vaticano».
Ya se sabe que el Kremlin es el símbolo del poder comunista, ya que este sitio equivalía para los soviéticos al Pentágono de los estadounidenses.
La profecía del padre Kolbe es jubilosa: realmente ocurrirá la conversión de Rusia y el triunfo de Dios a través de María; pero encierra una advertencia dolorosa: no ocurrirá sin que antes parezca que es el comunismo el que ha derrotado a Dios y a su Iglesia.
Esto es estrechamente coincidente con lo que anunció la Virgen María en Fátima, en 1917, año de la revolución comunista en Rusia: «Yo vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión de reparación de los Primeros Sábados. Si mi petición es acatada, Rusia se convertirá, y habrá paz. Si no, Rusia transmitirá sus errores a través del mundo, promoviendo guerras y la persecución de la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas; pero al final mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, la cual se convertirá, y algún tiempo de paz se le dará al mundo».
Las cosas siguieron su marcha y Rusia esparció sus errores, devoró naciones enteras y realizó tal persecución que fueron muchos más los cristianos asesinados por el comunismo que los judíos por el nazismo.
Luego vino la caída gradual del comunismo europeo hasta que, finalmente, el 25 de diciembre de 1991, se arrió la bandera roja del Kremlin.
La conclusión de muchos es que el capítulo de Rusia y las profecías ha quedado, pues, absolutamente concluido: que dicho país ya fue consagrado a la Virgen en 1984, y que si bien no se puede hablar de que la nación haya vivido una conversión plena hacia Dios, está en el camino hacia ello. Así, el comunismo ha muerto.
Pero hay quienes no concuerdan con esto. Para empezar, aunque se creería que los ciudadanos que padecieron el comunismo serían los primeros en negarse a retornar a él, resulta que las crisis recurrentes del capitalismo -sobre todo la que hoy tiene a los europeos de cabeza- ha hecho reaparecer los anhelos marxistas en muchos de ellos. De hecho, en la ex-Unión Soviética el fantasma del comunismo apareció muy pronto, en plena transición hacia el capitalismo, cuando se advirtió que ésta no era ni podría ser plácida, y que los que habían ostentado el poder socialista -y no el pueblo- eran ahora los que se estaban enriqueciendo con el nuevo sistema político. Y hoy, denuncian los periodistas rusos, con Putin no hay democracia sino que impera una dictadura neo-stalinista.
Por eso advierte el filósofo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov que el comunismo no ha perdido su poder de seducción porque sigue atreviéndose a prometer «un destino mejor en la Tierra, el final del sufrimiento; y aunque sepamos que esa promesa no se va a materializar, tiene algo de seductor, sobre todo para la gente que vive en la miseria, con lo cual esa forma de mesianismo también podría conocer nuevas formas de desarrollo en el siglo XXI».
Por otra parte, no todos están seguros de que la petición de la Virgen de consagrar Rusia se haya cumplido como debía. En junio de 1929 se apareció a sor Lucía de Fátima y le dijo: «Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que, en unión con todos los obispos del mundo, haga la consagración de Rusia a mi Corazón, prometiendo salvarla por este medio». Varios Papas hicieron consagraciones, aunque no exactamente como se pedía; por ejemplo, Juan Pablo II consagró no a Rusia en particular sino al mundo entero al Corazón Inmaculado de María, y en 1984 repitió la consagración pero ya con los obispos, lo cual se repitió en el año 2000.
Al parecer la Virgen habría hecho saber a sor Lucía que la de 1984 ya era una consagración conforme a lo pedido y, por tanto, el comunismo está frenado; aunque, tras la muerte de Lucía, se han publicado cosas que no parecen coincidir; por ejemplo, una entrevista que le hizo el profesor William Thomas Walsh el 15 de julio de 1946, donde ella reveló que un día el comunismo se va a apoderar de todo el mundo, incluyendo los Estados Unidos de América.